¿Se puede entrar a trabajar en Suiza por la puerta del servicio doméstico?
Salvador lleva 9 años en Zúrich, tiene un trabajo de oficina normal y corriente… y un día tuvo que contratar él mismo a alguien para casa. Ahí descubrió el papeleo que hay detrás de tener a una persona empleada en el hogar: limpieza, niñeras, jardineros, cuidado de mayores…
Y acabó montando Clino.ch para no volver a perderse. Nos sentamos con él para que nos cuente su propia llegada a Suiza, cómo puede convertirse el trabajo doméstico en un primer empleo real para quien llega desde España, y qué hay detrás de esa puerta que casi nadie mira.
De Barcelona a Zúrich, sin comerlo ni beberlo
Salvador nació en Barcelona. Decía, como decimos todos alguna vez, que de ahí no se movía ni loco. En 2017 su empresa le ofreció el puesto de Zúrich. Lo pensó unas semanas y dijo que sí. Nueve años después sigue en la misma compañía, llevando marketing online para un e-commerce de moda.
Su migración fue de las fáciles: conocía la empresa, conocía a la gente, tenía el contrato hecho antes de aterrizar. «Ojalá todos empezáramos así», pensará más de uno leyendo esto. Y tiene razón. Pero el resto de la historia se la curró él solito, a las tantas de la noche, después de currar en su trabajo de verdad.
El marrón que descubrió al intentar contratar en casa
En enero se vio en la tesitura de contratar a una empleada del hogar. Nada raro, medio Zúrich lo hace. Lo raro fue lo que se encontró: había que darse de alta como empleador, generar contrato, generar nóminas… todo un pollo, con perdón, para alguien que solo quería que le limpiaran la casa un par de días a la semana.
Como llevaba tiempo trasteando con IA en el trabajo, se puso manos a la obra y se montó su propia herramienta. Primero para él. Luego, cuando vio que el lío se repetía cantón tras cantón, decidió publicarla. Así nació Clino.ch, allá por marzo. El primer cliente llegó en cuestión de semanas y desde entonces no ha parado de pulir el producto con el feedback de sus usuarios, que son, sobre todo, expatriados (muchos españoles) que le escriben por WhatsApp como si fuera el vecino del quinto.
Por qué tantas familias lo siguen haciendo mal
Existen alternativas a Clino. Las hay grandes, con miles de hogares detrás. Pero tienen truco: cuestan un dineral al año, piden poderes notariales (eso que a cualquier español le pone cara de examen de selectividad, aunque aquí signifique otra cosa) y, sobre todo, se olvidan de la parte más importante: la empleada.
El resultado es un agujero enorme. Se calcula que hay 400.000 hogares en Suiza con alguien contratado en casa. De esos, solo una fracción lo tiene todo en regla. El resto no lo hace por mala fe. Lo hace porque nadie se lo ha explicado, porque cuesta un ojo de la cara hacerlo bien, o porque, total, «a mí no me va a tocar el control».
Y ahí está el problema de verdad. Salvador se ha encontrado con montones de españoles y portugueses en esta situación, muchos de ellos en la propia academia de alemán, sin saber que tienen derecho a estar cubiertos si un día se tuercen un tobillo o llega la jubilación sin un solo franco cotizado. No ayuda tampoco que cada uno de los 26 cantones vaya un poco por libre con sus normas (para eso está nuestro comparador de cantones, para no perderte).
¿Te suena esto?
Porque justo de esto va lo que viene ahora: cómo puede el servicio doméstico convertirse en tu primera puerta de entrada a Suiza, qué contrato pedir para que te den el permiso B, qué papeleo toca a cada parte y cuánto se cobra por hora, cantón a cantón. Esto es contenido exclusivo para socios del plan Llegada Segura.
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¿Se puede llegar a Suiza cuidando niños o llevando una casa?
Vamos al grano, que es lo que nos preguntáis siempre.
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El papeleo, paso a paso
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Cuánto se cobra (y cuánto cuesta vivir)
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Suiza, vista desde dentro, nueve años después
Salvador ya no vive con 300 francos al mes. Vive en Altstetten, un barrio familiar de Zúrich, con su mujer, sus dos hijas y una calidad de vida que, según cuenta, no cambia por el Eixample de Barcelona ni de coña. Sus hijas salen solas al jardín del edificio. Los vecinos se abren la puerta para cenar juntos, algo que en Barcelona parecía más de capítulo de Aquí no hay quien viva que de la vida real, y aquí es simplemente el martes.
A nivel profesional, reconoce que en Barcelona su carrera tenía techo. Aquí ha aprendido un cuarto idioma, ha liderado proyectos y, en la parte económica, no hay color: ahorra bastante más de lo que hubiera ahorrado en España.
El consejo de Salvador para quien todavía duda
Que se venga con las cosas atadas si puede: contrato, alojamiento y, si hace falta, siguiendo bien el proceso para conseguir el permiso de residencia en Suiza. Que si no puede atarlo todo, al menos venga una semana, hable con gente, hable con profesionales. Que no todo es tan bonito como lo pintan, pero que hay muchísimas oportunidades y comunidades de españoles dispuestas a echar una mano. Y que, como él mismo dice, siempre puedes volver si algo no sale bien. La opción de intentarlo sigue ahí.
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